Cuando me imagino el momento en que la Santísima Virgen María y San José, su amado esposo, fueron al Templo para cumplir con lo establecido por la ley y de esa forma presentar al Niño y recibir su purificación la Virgen.
En lo que en algunas ocasiones enfoco mi atención es en tratar de imaginar la alegría, más bien el gozo, que Simeón y Ana experimentaron.
Dos personas ya en estado avanzado en su edad, no se cansaron de esperar y acompañaron su espera de que creían en la promesa del Señor, de que llegarían a conocer al Salvador.
Dios siempre responde y lo hace a su manera y en su tiempo, atiende nuestras peticiones y nos permite que en ese tiempo de espera o de silencio, son pequeños desafíos a nuestra fé para seguir su camino de bendición.
Sólo tenemos que ajustarnos a su plan, a su voluntad y alejarnos de lo que es un no.
¡GRACIAS SEÑOR !
