Mc 4, 35-45
Muchas veces cuando la oscuridad de los problemas se apoderan de nuestro ser, cuando la ansiedad y la angustia se pasean a través de nuestros huesos, aparece el hermano mayor: el miedo, haciéndonos ver fantasmas donde no los hay y cosas que no se pueden ver toman forma ante nuestros ojos.
Recuerdo el pasaje que narra cuando en la tormenta los discípulos confundieron al Señor con un fantasma o cuando Pedro se asustó al ver el viento enfurecido. Nunca he visto el viento, creo que su propiedad de invisibilidad lo va a ocultar siempre.
He aprendido y sigo aprendiendo que no es malo tener miedo, los discípulos tan cercanos al Señor sintieron varias veces miedo, aun teniéndolo en la misma barca.
Dios no enseña que ante la tormenta solo tenemos que tener la mirada fija en su rostro, en el rostro del eterno YO SOY, nos enseña que va sentado a nuestro lado en la barca permitiéndonos gozarnos de su compañía listo para increpar a la tormenta de la cual ya se hizo cargo desde la eternidad.
Entonces me pregunté un día el porqué las tormentas y gracias al Espíritu Santo comprendí que son una hermosa oportunidad de verlo en acción. El ya se hizo cargo de todas y cada una de nuestras tormentas desde la eternidad pero nos da la oportunidad de verlo en acción, de ver que somos, creemos y servimos a un Dios vivo y verdadero, siempre presente. Es una oportunidad de sacudir el polvo de nuestra fe, es esa inyección de super vitamina para nuestra fe.
Es tan especial nuestro Padre que hasta las tormentas han sido permitidas de manera personal, para cada uno de nosotros, y todas llevan su esencia, su voluntad su propósito.
Sepamos que la siguiente tormenta ya descansa en paz gracias a Jesús que va en nuestra barca.