No entierres ni te despidas del dolor físico de la enfermedad, ni del dolor espiritual o sentimental.
No entierres el dolor que la pérdida de un ser querido al que no pudiste pedir perdón antes de su inesperada partida o que te privaste de una entrega con amor a su servicio.
No entierres el dolor de un hijo extraviado en las malas compañías o envuelto en las garras del vicio
No entierres el recuerdo del momento en que tus hijos fueron expulsados por no poder con el pago de la mensualidad, o cuando piden un poquito más de comida y hasta el fondo de la cacerola fue raspado por el último pedazo de pan, o cuando fuertemente tocan a la puerta para gritarte el ultimátum del desalojo.
La lista es larga….muy larga y versátil, no todos tenemos el mismo talón de Aquiles y a algunos nos pincha no solo uno sino varios.
Pero nada ocurre sin que el Señor no lo permita, todo lo que llega a nuestra vida, ya pasó por sus dedos y solo lo que Él permite llega a nuestras vidas. Y si nos cuestionamos porqué lo permite, es algo que no es de nuestra incumbencia, perdemos tanto tiempo en el ¿Porqué?, que perdemos lo oportunidad de reconocer que todo tiene un propósito divino en nuestras vidas.
Gracias al Señor muchas situaciones ya pasaron, y nos preguntamos porqué aun duelen, creo que porque talvez en el momento en que atravesamos la situación no tuvimos la oportunidad de ofrecer al Señor nuestro dolor y ahora tiempo después de cualquier inconveniente que aun duele, podemos ofrecer el dolor del recuerdo. Tarde o temprano podremos llevar consuelo y solución a otros que están pasando por los mismo.
Todo en el plan de Dios tiene un motivo y una razón de ser.
No nos enfoquemos en enterrar las malas experiencias pongámoslas a los pies del Señor para su uso, ese Señor que siempre es presente, ese Señor que está en ese pasado doloroso, sabiendo que es parte de nuestro futuro que hoy es nuestro presente.
Salomón dijo en alguna parte de su libro Eclesiastés que todo lo que es ya fue, todo lo que será ya fue y que Dios repara todo.
Antes de caer en el desánimo del ¿porqué? mejor recordemos que Dios está presente en nuestro pasado, en nuestro presente y en nuestro futuro, que siempre ES, y que todo tiene un propósito divino.