En un pasaje del Nuevo Testamento, específicamente después de la segunda multiplicación de los panes, Mc. 8, 17-21, el Señor Jesús reprende a sus apóstoles cuando los escucha afanados discutiendo porque no habían llevado pan. Les hace recordar las dos ocasiones en las que multiplicó los panes y los peces, en las sobras que pidió se recogieran para que no se desperdiciaran y las canastas que se llenaron.
Cuando le dice a Felipe que hay que alimentar a la gente, en una de las multiplicaciones, lo ayuda a enfrentar y a decirle que no sabe que puede hacer, y es en ese momento en que El le muestra que sí sabe lo que hará, que lo sabe desde la eternidad, es más, ya lo hizo desde la eternidad y es así como hace llegar a cada persona una provisión que existe mucho antes de que la necesidad exista.
Cuantas veces el Señor ha actuado en nuestra vida sorprendiéndonos la forma como nos ha guiado para movernos en situaciones difíciles o cuando la provisión económica ha llegado de maneras inesperadas. Recibiendo su presencia ante diversas situaciones, nos olvidamos que El no es un Dios de un momento y que luego nos abandona. Es un Padre amoroso, es nuestro Padre que conoce anticipadamente nuestras necesidades y las ha cubierto mucho antes de que existan.
Nos reprende haciéndonos recordar las dos ocasiones y las sobras que se recogieron y los canastos que se llenaron.
En nuestro afán nos olvidamos de ese preciso evento, de las sobras recogidas y los canastos llenos.
Cada sobra en un pedacito vivo de El, un pedacito para cada momento de nuestro día, una provisión guardada en el canasto de nuestro corazón para cada necesidad que aún no existe y que fue cubierta.
Al sentirnos agobiados por los diversos afanes solo recordemos cuando nos dice ¨…y aun no entienden…¨ Que el Espíritu Santo nos siga guiando en ese recuerdo para no olvidar que llevamos la provisión hasta para aquella necesidad que no existe todavía.