¨Entre tanto, le dijo Dios a Jacob: levántate y sube a Betel, y haz asiento allí y erige un altar al Dios que se te apareció cuando ibas huyendo de tu hermano Esaú¨. Gn 35,1
Los hijos de Jacob, realizaron un terrible acto de venganza cuando su hermana, Dina, fue raptada por el hijo del rey de otra tribu. Utilizando engaños actuaron de manera muy equivocada para la ejecución de su venganza. Gn 35.
Al enterarse Jacob, se llenó de temor ya que la otra tribu además de haber sido engañados, los superaba en número.
Entonces, Dios habló a Jacob y lo primero que le dijo fue l e v á n t a t e, o sea ya estuvo de lamentos, ya no llores más. Cuando nos sumergimos en el lamento, damos lugar al espíritu maligno de la autocompasión quien se esmera en no dejarnos salir de la situación en que nos encontramos.
Por eso al levantarnos, tenemos la dicha de dirigir la mirada a nuestro Padre, a enfocarnos en Él y no en nuestros problemas.
Cuando le indica que levante un altar como lo hizo cuando lo libró de su hermano, estaba recordándole a Jacob, que es un Dios de lo imposible, que lo rescató una vez y que lo seguiría haciendo. Que recordara su Omnisciencia, su Omnipotencia, su Omnipresencia, su fidelidad.
Confiemos en el Señor, no pensemos que si ya nos ayudó una vez ahí se nos acabó la oportunidad. No tenemos un Dios que nos favorece a cambio de ¨mastermillas¨ con fechas de caducidad, no espera que acumulemos puntos para ser canjeados. Dios es el mismo ayer, hoy y siempre, nos ama por lo que somos: sus hijos muy queridos.
Levantémonos, ya no huyamos si ya se hizo presente en otras ocasiones igual seguirá haciéndolo.